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Respeto

Por Michael L. Carius, M.D.

Presidente de la Junta Americana de Medicina de Emergencia (ABEM)

Traducido por Daniel Ridelman, M.D. y publicado con permiso.

 

  

Hubo un tiempo en que la Medicina de Emergencia era el Rodney Dangerfield de la medicina organizada: no recibía respeto.

 

En la infancia de la Medicina de Emergencia, las salas de Emergencia eran cubiertas por internos y residentes de distintos intereses y niveles de entrenamiento, y por miembros del personal médico de varias especialidades que tenían prácticas privadas y que probablemente no tenían experiencia trabajando en la Emergencia más allá de su entrenamiento inicial.  Un remanente de esa era es la más bien halagadora pregunta que aún es hecha ocasionalmente por pacientes que aprecian a su médico de emergencia: ¿Tiene usted una práctica privada donde pueda verlo(a) para seguimiento?  Otro vestigio de esos primeros días es el término "lectura en húmedo" para los rayos X realizados en la Emergencia.  Esto se refería al revelado de rayos X literalmente remojándolos en sus soluciones reveladoras, colgándolos a secar, y luego leyéndolos mientras todavía estaban "húmedos".  El término persiste, aunque el proceso es ahora completamente electrónico.

 

En los primeros días, la Medicina de Emergencia no tenía textos de Medicina de Emergencia, ni revistas dedicadas a la Medicina de Emergencia, ni residencias o residentes en Medicina de Emergencia, ni investigación, ni abogacía, y definitivamente no tenía estatus de especialidad.  La sala de Emergencia era más un lugar geográfico que un hogar funcional para una especialidad.

 

Y luego vinieron algunos visionarios que querían hacer de la Medicina de Emergencia una especialidad que fuese merecedora de respeto.  Crearon una revista, la Revista del Colegio Americano de Médicos de Emergencia (JACEP).  Fundaron el Colegio Americano de Medicina de Emergencia (ACEP) para educar y abogar por estos doctores de salas de emergencia.  Crearon residencias en Medicina de Emergencia.  Fundaron la Sociedad de Docentes de Medicina de Emergencia (STEM) y la Asociación Universitaria para los Servicios Médicos de Emergencia (UA/EMS), que más tarde se unieron para formar la Sociedad para la Medicina de Emergencia Académica (SAEM).  Y al final de los 1970s, ACEP pidió a sus miembros una donación voluntaria de $150 para apoyar el desarrollo de la Junta Americana de Medicina de Emergencia (American Board of Emergency Medicine, ABEM), incorporando un proceso de certificación riguroso y de alta calidad para médicos de emergencia.  En 1976, UA/EMS se unió a ese proceso como copatrocinador de la aplicación a la Junta Americana de Especialidades Medicas (ABMS) para estatus de especialidad primaria.  Una aplicación a ABMS fue resonantemente rechazada en 1978, pero ABEM fue aprobada en 1979 como una junta unida modificada, la 23ª especialidad médica.  En ese mismo año, ACEP exitosamente logró que la Casa de Delegados de la Asociación Médica Americana (AMA) aceptara a la especialidad de Medicina de Emergencia, creando un Consejo de la Sección de Medicina de Emergencia en la Casa de Delegados.  Diez años más tarde, ABMS reconoció a ABEM como una junta primaria.  La especialidad había llegado.

 

Durante estos turbulentos pero formativos tiempos, ocurrió un incidente personal que está indeleblemente impreso en mi memoria y que ejemplifica esta lucha por la aceptación.  Yo había sido entrenado en California, donde la ME se estaba desarrollando rápidamente y avanzando en muchos frentes.  Mi primer empleo después de la residencia fue en un hospital comunitario en Connecticut donde yo era el primer médico entrenado en ME, así como uno de los primeros en el estado.  En esos días, la Costa Este era una de las últimas aéreas del país en acoger a la ME; de hecho, en toda Nueva Inglaterra había únicamente un programa de residencia.  Una noche, un señor anciano se presentó con una hemorragia gastrointestinal superior en choque.  Hice lo que era rutina donde me había entrenado - lo resucité con líquidos, le coloqué un tubo nasogástrico e hice un lavado con agua helada (sí, hacíamos eso en esos días), lo trasfundí, obtuve todos los exámenes necesarios.  Y luego, sintiéndome más bien orgulloso de mí mismo, llamé a su médico de cabecera para ingresarlo, sólo para ser rabiosamente reprochado por hacer t